Capítulo 26.
El reloj de pared de mi despacho marcaba la una en punto de la tarde cuando la silueta de Julián se acercaba a mi puerta. Se acomodó el saco gris con esa suficiencia insoportable que ahora me revolvía el estómago y abrió la puerta sin molestarse en golpear.
—Atenea, mi amor, es la hora del almuerzo —dijo, con esa sonrisa de novio perfecto que pretendía borrar meses de traiciones—. Vamos al restaurante de la esquina. Necesitamos salir y hablar de los detalles de la boda.
Estaba a punto de invent