Capítulo 35.
Tianyu
El aire se volvió gélido entre nosotros, y no era por la brisa del río. El silencio que siguió al pitido del celular fue tan denso que casi podía tocarse. Ella intentó recuperar la compostura, pero el rictus de su boca la delataba.
—¿Segura que no es nada? —insistí, sin apartar mis ojos de los suyos—. Te has quedado pálida, Liyan.
—Es solo... publicidad persistente. Debería bloquear el número —mintió, dejando el teléfono sobre la mesa con la pantalla hacia abajo.
No le creí, pero decidí