Se mueve hacia mi cabeza y observo, jadeando, mientras ajusta con fluidez el banco sobre el que estoy tumbada.
Gira ligeramente, inclinando mi cabeza hacia atrás y hacia abajo hasta que queda colgando justo sobre el borde, con su polla a escasos centímetros de mi cara.
El movimiento implacable de la máquina me quita el aliento, haciendo que mi cuello se arquee y mi visión se nuble.
—Ni se te ocurra —ordena Klaus—. Mantén los ojos en mí.
Abro los ojos de inmediato.
Lo veo quitarse el condón y ag