30. Pensé que te gustaría verlo
El aire entre nosotros era tan magnético que, sin quererlo, me atrajo a él. Nuestras miradas se sostenían. Él mantenía su mano erguida, esperando a que le tomara la mano. Lo miré por unos segundos que parecieron eternos y, con una lentitud ligera, tomé su mano. Dante miró mi mano, siguió el camino de mi brazo hacia mi rostro. Se posó en mis labios, los cuales comenzaron a quemar. Exhalé con ligereza, como si tuviese una piedra difícil de digerir.
Su dedo pulgar acarició mi mano enviando diferen