LIVANA
—Hace tanto calor…
Afortunadamente mi susurro no fue oído por nadie ya que los encargados de los esclavos aquí se dedicaban a golpear a los perezosos con un látigo.
Clavé mi pala en el estiércol de los animales para después echarla en un contenedor que no tengo idea de como sacaría.
Los brazos me dolía pero debía seguir.
La muerte era mejor que te atraparan sin hacer nada.
El ardor en mi espalda me lo recordaba, aunque eso había sido el primer día.
Un solo latigazo, quizás hubiera sido s