Te salvé Sterling
Te salvé Sterling
Por: T.gaitán
Prólogo

Dicen que en el mundo de los negocios el amor es una mala inversión y el odio, una distracción costosa. Yo solía creerlo.

En Wall Street aprendí que los corazones no generan dividendos y que las emociones solo sirven para nublar el juicio detrás de una hoja de cálculo. Por eso, cuando entré al imponente rascacielos de Sterling Fashion Group en Manhattan, mi único objetivo era domar un imperio que se estaba desangrando entre sedas importadas y excentricidades millonarias.

Pero no contaba con él.

Carter Sterling.

Un hombre esculpido en arrogancia, con ojos del azul del hielo ártico y una mente creativa tan brillante como implacable.

Nuestro primer encuentro no fue una reunión de negocios; fue un choque térmico que destruyó un prototipo de alta costura, manchó su camisa de sastre con café hirviendo y encendió una mecha que ninguno de los dos supo cómo apagar.

Él me quería lejos, sepultada en una oficina sin ventanas cerca del sótano.

Yo lo quería controlado, atado de manos para que dejara de despilfarrar los fondos de la empresa.

Él me veía como una intrusa cuadriculada que intentaba ponerle grilletes a su arte; yo lo veía como un niño mimado jugando a ser Dios con un bolígrafo y un talonario de cheques.

Nos declaramos la guerra en el primer minuto. Una guerra de poder que se libraba a través de una pared de cristal transparente que separaba nuestros despachos, en reuniones de junta directiva con el cuchillo entre los dientes, y en madrugadas silenciosas alterando registros financieros para salvar la compañía de la quiebra absoluta.

Sin embargo, en el mundo de las finanzas hay una regla inmutable: cuando la tensión se acumula sin un punto de fuga, el sistema colapsa. Y entre el desprecio absoluto y la obsesión solo hay una línea tan delgada como el hilo de una costura.

Esta es la historia de cómo intentamos destruirnos el uno al otro en los pisos más altos de Nueva York... y de cómo terminamos descubriendo que el odio y el deseo comparten exactamente la misma moneda.

## Capítulo 1

El pulso me latía en las sienes al ritmo frenético de mis tacones contra el suelo de mármol pulido. El vestíbulo principal de Sterling Fashion Group, en pleno centro de Manhattan, parecía más la pasarela de la semana de la moda de Nueva York que la sede central de una corporación multimillonaria.

Todo a mi alrededor gritaba minimalismo vanguardista, elitismo y presupuestos inflados.

Las paredes eran de un blanco pulcro y geométrico, decoradas con fotografías enormes de modelos de alta costura.

Había esculturas abstractas en las esquinas que, según mis cálculos mentales, costaban más que toda mi carrera universitaria en la Ivy League.

El desfile constante de ejecutivos y diseñadores vestidos con trajes a medida me miraban de reojo, como si mi traje de sastre azul marino, aunque formal y de buena marca, fuera un crimen imperdonable contra la estética y la humanidad.

Apreté la carpeta de cuero negro contra mi pecho.

Contenía las auditorías y los balances financieros del último trimestre de la empresa. Eran un desastre absoluto.

Todo el concepto visual de la marca era hermoso y aclamado por la crítica, sí, pero económicamente era un agujero negro que succionaba millones de dólares en gastos innecesarios y excentricidades.

Yo no había pasado los últimos cinco años de mi vida ordenando las cuentas de una de las firmas de consultoría más estrictas y despiadadas de Wall Street para dejarme intimidar por un montón de telas caras y egos inflados.

Venía a poner orden.

Venía a demostrar que el arte no sobrevive si no hay números sólidos que lo sostengan en la realidad.

El ascensor de cristal me llevó a la velocidad de la luz hasta el piso de la alta dirección, ofreciéndome una vista espectacular de los rascacielos de Nueva York.

Cuando las puertas se abrieron, el aroma a perfume de diseñador y granos de café tostado inundó mis sentidos.

Caminé con paso firme hacia la gran puerta doble de madera de nogal, donde se ponía fin al pasillo principal.

Mi objetivo era reportarme primero con la jefa de recursos humanos antes de mi presentación formal con el gran jefe, el mismísimo Carter Sterling.

Llevaba un vaso de cartón con un macchiato doble, hirviendo, en mi mano libre. Fue mi error no mirar al frente un segundo.

Solo un maldito segundo para revisar la hora en mi reloj de muñeca.

La pesada puerta de madera se abrió de golpe hacia afuera.

No tuve tiempo de reaccionar ni de dar un paso atrás.

Mi cuerpo chocó de lleno contra una superficie que se sintió tan sólida y firme como una pared de piedra.

El impacto me hizo tambalear sobre mis tacones, pero lo peor fue el maldito café. El líquido oscuro y ardiente saltó por los aires, describiendo una parábola perfecta en el espacio antes de aterrizar, con precisión milimétrica, sobre el pecho de una camisa de sastre blanca e inmaculada.

—¡Por el amor de Dios...! —un rugido grave, potente y cargado de puro veneno resonó en todo el pasillo, haciendo eco en las paredes de cristal.

Eché un vistazo hacia arriba, con el corazón dándome un vuelco en la garganta. Frente a mí se alzaba un hombre alto, notablemente imponente, de facciones afiladas, mandíbula rígida y unos ojos de un azul gélido que en ese momento destellaban con una furia volcánica. Su cabello castaño oscuro estaba perfectamente peinado hacia atrás, pero su camisa... bueno, su camisa ahora parecía un lienzo de arte moderno manchado con cafeína. El líquido caliente se filtraba rápidamente por la costosa tela, pegándose a su pecho atlético.

—Lo siento tanto, yo no... la puerta se abrió de imprevisto —tartamudeé, intentando mantener la compostura y la dignidad mientras buscaba desesperadamente un pañuelo dentro de mi bolso de mano.

—¿Que la puerta se abrió de imprevisto? ¡Tú venías caminando como un tren sin frenos por el pasillo! —exclamó él, apartando mis manos con brusquedad cuando intenté acercarme con un pañuelo de papel—. ¿Tienes la menor idea de cuánto cuesta esta camisa? Es un diseño exclusivo de nuestra próxima colección de otoño. ¡Un maldito prototipo que debía presentar ante la junta en menos de una hora!

En ese mismo instante, tres secretarias vestidas de un negro impecable salieron corriendo de sus respectivos escritorios como si se hubiera activado una alarma de incendios de máxima prioridad. Sus rostros reflejaban un terror absoluto, como si estuvieran presenciando el fin del mundo.

—¡Señor Sterling! ¡Por Dios! Déjeme ayudarlo —dijo una de ellas, ofreciéndole una toalla húmeda con manos temblorosas.

—¡Traigan agua mineral y un quitamanchas de inmediato de la sala de costura! —gritó otra, fulminándome con la mirada como si yo acabara de cometer un sacrilegio federal.

¿Señor Sterling? Oh, no. Mi subconsciente gritó de pánico. No podía ser él. El mismísimo Carter Sterling, el prodigio de la moda estadounidense, el hombre que controlaba el imperio.

Carter me arrebató la toalla de las manos de la secretaria y comenzó a frotar su pecho con exasperación, lo que solo logró esparcir la mancha marrón sobre la seda. Su mirada, cargada de resentimiento, se desvió de su ropa destrozada y se clavó directamente en mi rostro. Fue entonces cuando sus ojos azules bajaron hacia la carpeta de cuero que yo aún sostenía con fuerza contra mi cuerpo, y luego subieron hacia la credencial temporal de visitante que colgaba de mi cuello.

—Mila Evans —leyó en voz alta, arrastrando las palabras con una lentitud exasperante, como si mi nombre fuera un insulto personal—. No me digas más. Eres la candidata estrella que el comité de recursos humanos recomendó para la dirección financiera. La "niña prodigio" de los números que viene a salvarnos.

Su tono fue tan sumamente condescendiente y arrogante que algo dentro de mí hizo clic de inmediato. El remordimiento por el accidente se evaporó por completo, reemplazado por una chispa ardiente de indignación y orgullo.

—Así es, señor Sterling —respondí, irguiendo la espalda, estirando mi postura y sosteniéndole la mirada fría sin pestañear ni un milímetro—. Y lamento profundamente lo de su camisa, de verdad. Pero si su sentido de la orientación en el mercado actual es tan descuidado como la forma en que abre las puertas hacia un pasillo público, ahora entiendo perfectamente por qué el departamento de diseño creativo tiene un déficit del cuarenta por ciento en gastos operativos este año.

El silencio que cayó sobre el pasillo de la alta dirección fue sepulcral. Una de las secretarias soltó un jadeo ahogado, cubriéndose la boca con las manos.

Nadie, absolutamente nadie, le hablaba de esa manera a Carter Sterling en su propio imperio en Manhattan.

Él se quedó completamente inmóvil. Sus ojos azules se entrecerraron tanto que parecieron dos cuchillas de hielo afiladas. Dio un paso lento hacia mí, invadiendo mi espacio personal de manera intimidante, desprendiendo un aroma a loción de madera cara, tabaco fino y, ahora, café tostado.

—¿Estás intentando darme lecciones de administración en tu primer minuto dentro de este edificio, vestida con un traje que parece comprado en una liquidación de saldos de Nueva Jersey? —preguntó, con una voz peligrosamente baja, pausada y hostil.

—Estoy dándole datos objetivos, señor Sterling. Los datos y las matemáticas no tienen estilo, pero salvan a las empresas de la bancarrota. Y por lo que he analizado en sus libros contables confidenciales, usted necesita muchos más datos reales y menos camisas de seda si quiere pagar la nómina de sus empleados el próximo mes.

Carter soltó una carcajada seca, áspera y carente de cualquier pizca de simpatía. Se volvió hacia las tres secretarias, que seguían congeladas en su sitio como estatuas de sal.

—Preparen el contrato de esta mujer de inmediato —ordenó de repente, dejándonos a todas con la boca abierta por la sorpresa—. La acepto en el cargo. Quiero que firme hoy mismo antes de que termine el día.

Me miró de nuevo a los ojos, mostrando una sonrisa torcida, desafiante y peligrosa que me revolvió el estómago.

—¿Quiere controlar mis números y mis presupuestos, señorita Evans? Adelante. El puesto es suyo. Pero le advierto una cosa muy clara: yo soy el dueño de esta casa, mi apellido está en la maldita fachada del edificio. Aquí se hace lo que mi mente creativa decide. Usted solo está aquí para firmar los cheques que yo le ordene. Intente controlar mi empresa más de la cuenta, e iniciaré una guerra corporativa que sus malditas matemáticas no podrán ganar.

—Considérelo un reto aceptado, señor Sterling —respondí, extendiendo mi mano para cerrar el trato. Su agarre fue firme, caliente y alarmantemente fuerte—. Que empiece la función.

Carter no soltó mi mano de inmediato. Incrementó la presión, obligándome a dar un micro-paso al frente.

—Su mano está temblando, señorita Evans —comentó con una sonrisa de suficiencia—. ¿Ya se arrepintió?

—Es el efecto de la cafeína, señor Sterling. No se confunda —respondí, liberando mi agarre con un tirón seco—. ¿Dónde firmo?

Carter miró de reojo a su secretaria principal, que seguía estática con la toalla húmeda en la mano.

—Brenda, lleva a la señorita Evans a la oficina de Recursos Humanos. Que le entreguen el contrato estándar de confidencialidad y el de alta dirección. Después, muéstrale su nueva oficina.

—¿Su oficina, señor? —preguntó Brenda, titubeando—. Pero la oficina del director financiero está en este piso, justo al lado de la suya. La remodelación terminó ayer.

—Hubo un cambio de planes, Brenda. La oficina del piso cuarenta necesita... ventilación. Llévala al piso cuatro. Al lado del archivo muerto.

Apreté los dientes. El piso cuatro era prácticamente el sótano de operaciones logísticas, lejos de cualquier toma de decisiones importante.

—¿El piso cuatro, señor Sterling? —intervine, cruzando los brazos—. ¿Tiene miedo de que mis matemáticas le queden demasiado cerca del escritorio?

—Tengo miedo de que su incompetencia para cargar un café arruine otra camisa de dos mil dólares, Evans. En el piso cuatro solo hay cajas de cartón. Difícilmente podrá quemar algo importante allí abajo.

—Un líder maduro sabría aceptar una crítica financiera sin necesidad de apelar al aislamiento geográfico de sus ejecutivos.

—Un ejecutivo inteligente sabría cuándo cerrar la boca para no perder el empleo antes de firmar el contrato.

—Afortunadamente para esta empresa, soy más inteligente que sumisa. Nos vemos en la junta de presupuesto de las cuatro, jefe.

Me di la vuelta sin esperar su respuesta, escuchando un bufido exasperado a mis espaldas.

Brenda me guio en silencio por el ascensor.

Quince minutos después, tras firmar una montaña de papeles que me vinculaban legalmente a Sterling Fashion Group, me encontré frente a mi nuevo espacio de trabajo.

Era un cubículo glorificado.

Sin ventanas, iluminado por un tubo fluorescente que parpadeaba con un zumbido molesto, y rodeado de archivadores metálicos de los años noventa.

—El señor Sterling dijo que aquí tendría la paz necesaria para revisar los libros —murmuró Brenda, visiblemente apenada.

—El señor Sterling es un niño consentido con un presupuesto millonario, Brenda. No te preocupes. Trae los accesos al sistema SAP y los estados de cuenta bancarios de la última temporada.

—¿Todos? Son miles de páginas.

—Todos. Si mi jefe quiere jugar sucio, yo voy a jugar con datos.

Pasé las siguientes tres horas sepultada en números. A medida que escaneaba las hojas de cálculo, mi indignación inicial se transformó en horror profesional.

La empresa estaba desangrándose.

El departamento de diseño gastaba fortunas en viajes en primera clase, hoteles de cinco estrellas para asistentes de pasarela y telas importadas que terminaban arrumbadas en el almacén.

A las 3:55 de la tarde, imprimí un informe de tres páginas, guardé mi bolígrafo en el bolsillo del traje y subí en el ascensor hacia la sala de juntas del piso cuarenta.

Cuando entré, la sala ya estaba llena. Doce ejecutivos vestidos de etiqueta conversaban en voz baja alrededor de una mesa de cristal negro. En la cabecera, Carter Sterling lucía una camisa nueva —esta vez de un azul oscuro impecable— y revisaba unas muestras de tela.

Al verme entrar, se reclinó en su silla de cuero, entrelazando los dedos.

—Miren quién decidió acompañarnos. La contadora del sótano. Tome asiento, Evans. Llegó justo a tiempo para escuchar cómo aprobamos el presupuesto de la campaña de invierno.

—Antes de que aprueben nada, señor Sterling, sugiero que miren esto —dije, deslizando las copias de mi informe sobre la mesa de cristal, justo en el centro.

Carter ni siquiera tocó el papel. Lo miró como si fuera basura.

—La junta ya revisó el presupuesto mensual hace dos semanas, señorita Evans. Su firma no es requerida para la aprobación, solo su registro contable.

—Ese presupuesto mensual incluye una partida de ochocientos mil dólares para un desfile privado en un yate en los Hamptons. ¿Es correcto?

—Es el lanzamiento de la línea Cruiser. Es un evento estratégico de marketing —respondió el director de publicidad, un hombre de cabello canoso que me miró con desdén.

—Es una quiebra técnica autoinfligida —corregí, clavando la mirada en Carter—. Señor Sterling, el flujo de caja actual de la empresa no soporta un gasto de esa magnitud sin comprometer el pago de los proveedores de la fábrica de Ohio. Si firma ese cheque, la producción de la colección principal se detendrá en tres semanas.

La sala se quedó en completo silencio. Carter se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa. Sus ojos azules eran dos témpanos de hielo.

—¿Está cuestionando mi estrategia comercial en mi primera reunión, Evans?

—Estoy cuestionando su capacidad para leer un balance de pérdidas y ganancias, Sterling. La creatividad no paga las facturas del gas de las fábricas.

—Esta empresa vive de la exclusividad y el impacto mediático. Si cancelo ese desfile, las acciones caerán.

—Si no paga a los proveedores, no tendrá ropa que vender, y entonces las acciones no caerán; se extinguirán.

Carter se levantó lentamente de su silla, dominando la mesa con su altura. Los demás ejecutivos contuvieron el aliento.

—Salgan todos de la sala —ordenó Carter, sin quitarme los ojos de encima.

—Pero, señor Sterling, el contrato del yate debe firmarse hoy... —comenzó el director de publicidad.

—He dicho que salgan. Ahora.

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