ÉLISE
Me ahogo.
Cada risa de esta mujer rubia es un golpe de daga. Cada sonrisa de Marcus, un veneno.
Así que cuando un hombre se acerca a mí, no retrocedo.
Es alto, moreno, con hombros anchos, el traje oscuro perfectamente ajustado. Sus ojos grises se posan sobre mí con una intensidad que no intenta ocultar. Su sonrisa es segura, casi insolente.
— Parece que se aburre —murmura, con voz baja y grave.
— Y usted parece convencido de poder remediarlo —replico, glacial.
Él ríe suavemente, sin esta