Élise
La mañana del juicio siguiente, el ambiente del tribunal me parece más pesado, saturado de la electricidad dejada por nuestro último encuentro. Cada paso que doy por los pasillos resuena como un cruel recordatorio: él estará ahí, al otro lado, listo para cruzar mi mirada y desafiar mi concentración.
Cruzo las puertas de la sala de audiencias, mi traje perfectamente ajustado como una segunda piel, y allí está él. Gabriel Dumas. Sentado con esa desfachatez insolente que parece desafiar todas las reglas de este lugar, su mirada se ancla inmediatamente en la mía, y siento la presión aumentar. No solo la del juicio, sino la de este duelo silencioso, eléctrico, casi prohibido.
El juez llama al orden. Los jurados toman asiento, los testigos se preparan. Y mientras empiezo mi alegato, cada palabra, cada entonación se convierte en un arma de precisión, una flecha lanzada hacia él. Pero mis pensamientos se desvían, infieles, hacia la curva de sus labios cuando sonríe, el juego de luces en