Élise
Había jurado, al salir del tribunal aquella tarde, que no pondría un pie en esa recepción. Ya había tenido suficiente de rostros ávidos, de murmullos insidiosos, de miradas fijas sobre mí como si fuera una presa o una bestia de espectáculo. Necesitaba silencio, soledad, un espacio donde recuperar el aliento. Pero mi socia había insistido con una obstinación educada, argumentando que una carrera no se construye únicamente en los juzgados, que a veces también era necesario exponerse en esos