—¿Damián? —susurró, intentando tocarme.
—No —dije entrecortado, sin mirarla.
Pudo notar que el dolor era real. En lugar de insistir, se sentó a mi lado, sin importarle que el agua empapara su ropa. Apoyé la cabeza sobre sus muslos sin pedir permiso y murmuré:
—Échame un poco de agua en la espalda.
Ella obedeció y, mientras lo hacía, comentó con voz suave:
—Oh… ahora entiendo por qué entraste al baño.
—Te habría dejado entrar si te hubieras explicado —añadió.
Sonreí apenas.
—No lo habría