Mi padre suspiró, metió las manos en los bolsillos y dijo con frialdad:
—Lleva cinco años en esa condición. He estado con ella todo este tiempo, acompañándola, soportando su deterioro… pero ya es hora de dejarlo y rehacer mi vida.
Me giré hacia Fiona, perplejo, buscando algo en su rostro. Ella, cobarde, desvió la mirada.
Mi padre era, sin duda, el hombre más desvergonzado que conocía. En esos cinco años había engañado a mi madre tantas veces que ya había perdido la cuenta.
—Haz lo que q