Estuve a punto de llorar, sintiendo que me rechazaba. Al final, sólo quería el biberón. Pero Maggie estuvo ahí, paciente, enseñándome, y poco a poco el bebé aprendió.
Sonreía cada vez que deslizaba mis pechos hacia su boquita. A veces incluso lo hacía cuando ya estaba llena, lo que provocaba una reprimenda de Maggie. Esa era la alegría de ser madre. No me importaba si mis pechos se encogían o no; casi la había perdido, y la alimentación exclusiva con biberón estaba descartada.
Nunca pude en