En cuanto a concebir, empezaba a creer que Fiona era quien tenía el problema y me estaba ocultando la verdad. Habíamos acordado centrarnos en nuestro matrimonio, pero la frustración de no poder tener un hijo estaba desgastándonos.
Cada día en casa era una tortura: peleas tras peleas. Nunca había paz. No me sorprendería si alguien dijera que el fantasma de Valeria nos perseguía. Era como si estuviera pagando todo lo que le hice.
Y luego estaba mi madre, que todavía tenía dificultades para reco