También estaba esa otra voz, más dulce, que siempre lloraba. Sonaba triste… profundamente triste. Me gustaba escucharla. Siempre hablaba de no rendirse, de no abandonar a alguien.
Luego estaba un hombre que no dejaba de hablar de su novia. Aquello sí que era tortura.
Escuchaba todas esas voces, pero nunca veía rostros. Era como estar atrapado, consciente, sin salida.
Hasta ese día.
Ese día, la vocecita terminó por hacerme estallar.
Otra vez un libro romántico.
Y entonces… algo se rompió.