Todo era culpa mía.
—Voy a llamar a la policía, Valeria. Este pedazo de mierda tiene que pudrirse en la cárcel —gruñó Néstor.
—¿Y quién va a administrar la cura si me arrestan? —respondió el doctor, con una calma que helaba la sangre.
No supe si se había vuelto completamente loco o si yo estaba escuchando mal.
Pero una cosa era segura: alguien tenía que sacarlo de allí antes de que ocurriera una desgracia.
—Vamos, señorita Valeria, venga y compruebe cómo están muriendo las células. Era un virus