Al mencionar el nombre de Víctor, sentí cómo la sangre me hervía. Me puse de pie de golpe, y ella me imitó de inmediato. En el fondo de su estúpido cerebro, aún creía que éramos un equipo.
No lo éramos.
Ni entonces.
Ni nunca.
—Lo siento, no hay Víctor —dijo—, pero tú y yo podemos enfrentarnos a ella. Durante todo este tiempo nunca los tuvimos acorralados y ahora sí: tenemos a esa mujer inútil. Cometió un crimen —añadió, casi mordiéndose las palabras.
—Fiona, no necesito tu ayuda —respondí mient