—¡Damian! —me gritó Valeria.
Noté un toque de vergüenza en el rostro de Maggie, pero este interrogatorio era por su propio bien. El hombre a su lado olía a alerta de estafa. Además, era demasiado joven para llamarse Wilfred; ese nombre siempre había estado reservado para hombres de más de noventa años.
—Soy profesor en Yale —respondió—. En cuanto a la diferencia de edad, Maggie y yo ya lo hemos hablado. Nadie puede elegir de quién se enamora.
Maggie se acercó más a él y le tomó la mano.
Saqué m