—Señor Fraser… ¿cómo… cómo se siente? —tartamudeó.
Respiré hondo y le arrebaté la tableta de las manos. En cuanto la encendí, vi cientos de llamadas perdidas de Néstor.
Mi corazón se hundió.
—Por favor, señor Fraser, tiene que vigilar su presión arterial —advirtió.
—Cállate y déjame en paz —dije en voz baja.
Me miró fijamente y debió notar lo serio que hablaba.
—Solo quiero mantener su presión arterial en niveles normales. Que usted muera por preocuparse por la señorita Valeria no la va a ayuda