Saqué mi teléfono buscando desesperadamente un mensaje suyo, pero no había nada. El silencio de su nombre en la pantalla me erizó la piel. Empecé a inventar excusas en mi cabeza, historias que pudieran sacarme del agujero en el que me había metido. Grité de frustración. Era inútil.
Llegamos al aeropuerto y me bajé hecha una furia. Se suponía que debía estar en mi oficina terminando papeles, no huyendo como una delincuente. Pero ahí estaba, camino a casa como si fuera una niña castigada.
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