Mundo ficciónIniciar sesiónLa residencia principal de la familia Vance no parecía una mansión diseñada para albergar la calidez de una familia; era un mausoleo monumental de mármol blanco, cristal blindado y techos de doble altura que amplificaban hasta el más mínimo susurro.
Habían pasado dos semanas completas desde la firma del matrimonio y Nicole sentía que vivía atrapada en un palacio fantasma. Ethan jamás compartía la mesa con ella. Salía de la propiedad antes del amanecer, cuando la bruma aún cubría los jardines, y regresaba a altas horas de la madrugada, sumido en un silencio tenebroso. Para marcar una frontera infranqueable desde la primera noche, él había ordenado al personal del servicio que instalara a Nicole en una habitación de huéspedes en la parte oeste de la mansión, mientras él ocupaba la majestuosa suite principal en el ala este.
Pese al desprecio constante con el que era tratada por los sirvientes —quienes respondían a la actitud fría de su patrón—, Nicole se negaba a rendirse. Se repetía a sí misma que Ethan era un hombre endurecido por la responsabilidad y el estrés corporativo, y que si ella le demostraba paciencia y abnegación, tarde o temprano lograría derretir esa coraza de hielo.
Determinada a romper la distancia, Nicole decidió tomar la iniciativa esa noche. A las seis de la tarde, anunció a los cocineros y al personal de servicio que podían tomarse el resto de la noche libre. Se ató un delantal a la cintura, se recogió el cabello en un moño desordenado y pasó las siguientes seis horas frente a la estufa. Preparó meticulosamente cada uno de los platillos que, según la prensa de negocios, eran los favoritos de Ethan: un lomo de ternera en reducción de vino tinto, verduras glaseadas y un pastel artesanal de frutos rojos.
A las dos de la mañana, el crujido de la grava en la entrada anunció la llegada del deportivo de Ethan.
El corazón de Nicole comenzó a latir con desenfreno. Se quitó el delantal a toda prisa, se acomodó el sencillo vestido de algodón que llevaba puesto y corrió al comedor principal. La enorme mesa de caoba estaba vestida con lino fino, cubiertos de plata pulida y dos velas encendidas a punto de consumirse.
Escuchó los pasos pesados y cansados de Ethan resonar en el vestíbulo de mármol. El olor a perfume caro de diseñador mezclado con el aroma amargo del alcohol llenó el ambiente en cuanto él cruzó el marco de la cocina buscando un vaso de agua helada.
Al ver la mesa decorada, la luz tenue de las velas y a Nicole de pie junto a las fuentes de comida, esperándolo con la mirada brillante de esperanza, Ethan se detuvo en seco. Su rostro se ensombreció al instante, arrugando el entrecejo con una profunda irritación.
—¿Qué demonios es todo este circo? —preguntó con una frialdad que cortaba el aire.
—Te esperé... preparé la cena para los dos —dijo Nicole, forzando una sonrisa vacilante mientras se acercaba a la mesa—. Sé que trabajas hasta muy tarde y que apenas tienes tiempo de comer bien. Pensé que podríamos cenar juntos por una vez... hablar de cómo nos ha ido en estos días.
Ethan caminó despacio hacia la mesa. No miró la comida, no miró el esfuerzo ni la ilusión puesta en cada detalle. Sin decir una sola palabra, tomó la fuente principal de la ternera con la mano derecha y, con un movimiento seco e indiferente, inclinó el recipiente sobre el bote de basura de la cocina. El platillo completo cayó al fondo con un sonido aplastante.
Nicole dio un paso atrás, llevándose las manos a la boca para ahogar un grito de horror y shock.
—Ethan... ¿qué estás haciendo? —logró articular, sintiendo cómo se le quebraba la voz.
Sin inmutarse, él tomó el tazón de las verduras y la bandeja del postre, arrojando todo a la basura con la misma precisión metódica y despiadada, hasta dejar la mesa completamente vacía.
—Te advertí claramente el primer día que no jugaras a la esposa abnegada ni intentaras hacer el papel de ama de casa feliz —sentenció Ethan, clavando sus ojos grises en ella como si fuera un insecto molesto—. No me interesa tu comida, no me interesa tu patético intento de cuidar de mí y no necesito que estés despierta esperándome a estas horas como un perro fiel.
—¿Por qué me odias de esta manera? —estalló Nicole, incapaz de contener la marejada de dolor y rabia que se había acumulado en su interior durante catorce días—. ¡Rompí a llorar, Ethan! ¡Solo estoy intentando que esta convivencia sea soportable! ¿Qué demonios te hice para que me trates como si fuera un trapo sucio o una basura que puedes pisotear cuando quieras?
Ethan avanzó hacia ella con pasos lentos, pesados y amenazantes. El aura de poder opresivo que emanaba de su figura obligó a Nicole a retroceder a ciegas hasta que su espalda chocó contra la encimera de granito frío. Él acorraló su cuerpo colocándole una mano a cada lado, inclinándose hasta que su aliento cálido con olor a whisky le rozó la mejilla.
—El problema no es algo que hayas hecho, Nicole —susurró él con una voz tan veneno que le erizó la piel—. El problema es tu simple presencia. El problema es que estás aquí, ocupando el espacio, respirando el aire y usando el lugar que le pertenecía a Chloe. La única mujer elegante, refinada y con clase que realmente merecía llevar mi apellido y sentarse en esta mesa.
El nombre retumbó en la cocina como un trueno. Chloe.
—Pero ella me abandonó hace tres años... —continuó Ethan con una mueca de amargura que distorsionó su rostro perfecto—. Se fue al extranjero a perseguir su carrera y me dejó destrozado. Y tú... tú solo eres una intrusa oportunista que aceptó venderse al mejor postor para convertirse en su reemplazo barato. Cada vez que te miro, solo me recuerdas que la mujer que amo no está aquí y que en su lugar tengo a una campesina desesperada por mi dinero.
Nicole sintió que el suelo se desaparecía bajo sus pies. El aire se le escapó de los pulmones mientras el dolor le atravesaba el corazón de parte a parte. El fantasma de la ex de Ethan no era solo un recuerdo lejano; era una sombra viva y gigantesca que habitaba cada rincón de esa casa, condenándola a ella a ser una prisionera invisible en su propia vida.







