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Tal Vez Ya No Te Ame Mañana
Tal Vez Ya No Te Ame Mañana
Por: Christopher W
Capítulo 1: El precio De un Imperio

El chasquido metálico del tintero al cerrarse retumbó en las paredes frías de la oficina del registro civil como si fuera el golpe seco de un martillo condenatorio en un tribunal.

​Nicole soltó despacio el aire que llevaba contenido en la garganta, sintiendo una presión insoportable en el centro del pecho. Sobre la mesa de caoba oscura, su firma destacaba en tinta negra junto a la gráfica elegante e impecable de Ethan Vance. Se supuso que una novia, en el día de su boda, debía sentir el aleteo ansioso de las mariposas en el estómago o, al menos, un destello fugaz de ilusión al ver su apellido unido para siempre al del hombre que había amado en secreto durante años. Pero allí, bajo la luz parpadeante de los tubos fluorescentes y rodeada por carpetas burocráticas desgastadas, lo único que recorría sus venas era un frío glacial.

​—El trámite ha quedado oficialmente registrado —anunció el juez de paz, levantando la vista por encima de sus gafas de lectura con una sonrisa ensayada y carente de calidez—. De acuerdo con la ley civil, los declaro marido y mujer. Felicidades a los nuevos esposos.

​Ethan ni siquiera se molestó en mirar al funcionario. Sin articular palabra, se abotonó el saco de su impecable traje italiano hecho a medida, ajustó los gemelos de plata que brillaban en sus muñecas y giró sobre sus talones. Caminó a pasos largos y decididos hacia la puerta de salida, sin volver la cabeza ni un solo instante para verificar si ella lo seguía.

​Nicole tuvo que apresurarse, dando tirones torpes al faldón de su sencillo vestido blanco de seda sintética. Los taconazos que había comprado para la ocasión le lastimaban los tobillos a cada paso sobre el suelo de granito, pero el dolor físico no era nada comparado con la humillación de tener que correr tras el hombre que acababa de jurarle lealtad ante la ley.

​Al salir a la calle, el aire fresco de la tarde le golpeó el rostro. Una cadena de destellos de cámaras fotográficas la cegó por un segundo; la prensa financiera acosaba las escalinatas buscando la exclusiva del año. Ethan ni siquiera le ofreció el brazo para protegerla del tumulto. Con la mandíbula apretada y una expresión de piedra, abrió paso a través de los reporteros hasta llegar a la puerta abierta de una limusina negra de cristales polarizados. Prácticamente la empujó al interior antes de deslizarse él mismo y ordenar al chofer que avanzara inmediatamente.

​En cuanto las puertas se sellaron, el ruido de la ciudad desapareció, reemplazado por un silencio denso, pesado y sofocante.

​Nicole juntó las manos sobre su regazo, apretando los dedos con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos para ocultar el temblor que amenazaba con traicionarla. De reojo, observó el perfil perfecto y aristocrático de su ahora esposo: la línea dura de su mandíbula marcada, la sombra tenue de su barba perfecta y esos ojos grises, tan hermosos como desprovistos de cualquier rastro de humanidad.

​—Ethan... —murmuró ella con la voz temblorosa, armándose de un valor que no sentía. Extendió la mano lentamente y posó las yemas de sus dedos sobre la manga del traje de él—. Sé que la forma en que llegamos a esto no fue la ideal... pero estoy dispuesta a poner de mi parte. Quiero intentar ser una buena esposa para ti, si me das la oportunidad...

​Ethan apartó el brazo con un movimiento brusco y violento, como si el contacto de Nicole le causara repulsión o le quemara la piel. La miró directamente a los ojos por primera vez en todo el día, y la frialdad implacable de su mirada le atravesó el alma como una hoja de afeitar.

​—No me vuelvas a tocar —su voz sonó baja, rasposa y cargada de una amenaza latente—. Y hazte un favor, Nicole: no te confundas. Llevas mi apellido impreso en un documento oficial, pero para mí no eres más que el trámite más desagradable, humillante y molesto que he tenido que firmar en toda mi existencia.

​El corazón de Nicole dio un vuelco doloroso en su pecho. Sintió que la garganta se le cerraba, pero luchó por mantener la dignidad.

​—Mi familia estaba atravesando una situación desesperada, Ethan... tú sabías lo de las deudas de mi padre...

​—Me importan un carajo tus patéticas excusas familiares —la interrumpió él con total frialdad, inclinándose ligeramente hacia ella para que cada una de sus palabras quedara grabada a fuego en su mente—. El testamento de mi abuelo era muy claro: o me casaba antes de cumplir los treinta años, o la junta directiva le entregaría la presidencia ejecutiva de Vance Enterprises a mi primo. Cumplí con ese absurdo capricho contractual porque no pienso perder el imperio que construí con mi sangre. Tú obtienes el dinero suficiente para salvar a tu padre de la ruina y yo mantengo mi trono. Nada más.

​—Yo no lo hice solo por el dinero... —susurró ella, sintiendo cómo las lágrimas quemaban detrás de sus párpados—. Yo de verdad sentía algo por ti...

​—Guárdate tu teatro melodramático —escupió Ethan, volviendo la cara hacia la ventanilla para ignorar su presencia por completo—. Este matrimonio es una transacción comercial con una cláusula de caducidad implícita. En cuanto consolide el control absoluto de la junta directiva y asegure el fideicomiso familiar, te tramitaré el divorcio y te daré un cheque. No esperes afecto, no esperes fidelidad, no esperes que comparta mi vida contigo y, sobre todo, jamás se te ocurra intentar ocupar un lugar en esta casa que no te pertenece ni te pertenecerá jamás. Así que te sugiero que no te acomodes demasiado en mi mundo.

​Nicole apretó los labios hasta sacarles sangre, mirando fijamente la alfombra de la limusina mientras las lágrimas silenciosas comenzaban a rodar por sus mejillas. El hombre al que había idealizado en sus sueños acababa de convertir su boda en la sentencia de muerte de todas sus ilusiones.

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