Pasaron seis meses. Medio año bajo el mismo techo puede parecer un suspiro para el mundo exterior, pero en las paredes de la mansión Vance se sintieron como un siglo helado. En ese tiempo, la transformación de Nicole fue absoluta e irreversible. Aquella joven dulce, atenta y desesperada por una sola mirada de afecto había muerto la noche en que Ethan pronunció el nombre de otra mujer en la intimidad. En su lugar, emergió una mujer de mármol: distante, impecable, educada y aterradoramente vacía. Nicole dejó de esperarlo para cenar, dejó de preguntarle por su día y borró cualquier intento de toque o cercanía. Cumplía con su rol de "esposa de adorno" con una precisión quirúrgica: lo acompañaba a los eventos de la alta sociedad, sonreía a las cámaras con elegancia pulcra y conversaba con los inversores con una compostura sofisticada. Pero en cuanto subían a la limusina de regreso, se colocaba sus audífonos o miraba por la ventana, ignorando la presencia de Ethan como si él fuera un
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