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Capítulo 3: Fragmento De Dignidad

A pesar del infierno a puerta cerrada que se vivía en la residencia Vance, la junta directiva de Vance Enterprises no toleraba los escándalos. Para acallar los constantes rumores de la prensa rosa sobre un matrimonio por conveniencia y asegurar el respaldo de los inversionistas internacionales, los consejeros mayores le exigieron a Ethan que hiciera una aparición oficial junto a su nueva esposa en la gran gala anual del grupo corporativo.

​Aquella tarde, Ethan envió a Nicole a una de las boutiques de alta costura más exclusivas del centro de la ciudad.

​Buscando encajar finalmente en el refinado mundo de su esposo, Nicole eligió un vestido de gala espectacular de seda color rojo carmesí. El diseño ajustado resaltaba la elegancia de sus curvas, mientras que el escote discreto en la espalda le devolvía un destello de confianza que creía haber perdido para siempre. Cuando salió del vestidor, la dueña de la tienda soltó un suspiro de admiración genuina.

​—Está absolutamente despampanante, señora Vance —dijo la diseñadora, acomodando la caída de la tela—. El rojo resalta de una manera magistral con su tono de piel. Su esposo quedará sin aliento.

​En ese momento, la puerta de la boutique se abrió y Ethan entró flanqueado por su asistente. Iba impecable en su esmoquin negro. Levantó la vista de la pantalla de su teléfono móvil para inspeccionar a Nicole. Sus ojos fríos la recorrieron de arriba abajo durante unos segundos sofocantes. Nicole sostuvo la respiración, sintiendo cómo el corazón le latía desbocado en el pecho, esperando desesperadamente escuchar al menos una palabra de aprobación o un gesto humano.

​Ethan frunció los labios con abierta desaprobación y desvió la mirada con hastío.

​—Cámbiaselo inmediatamente —ordenó dirigiéndose a la diseñadora con tono cortante—. Búscale algo en color negro. Algo sobrio, cerrado y completamente discreto.

​—Pero, señor Vance... este corte le favorece muchísimo... —intentó intervenir la diseñadora, desconcertada.

​—Dije que se lo cambies —repitió él, sin volver a mirar a Nicole—. Nada de lo que ella se ponga le va a otorgar la distinción, el porte o la elegancia natural que exige un evento de esta categoría. Chloe sabía perfectamente cómo lucir el color rojo sin verse vulgar. A Nicole solo la hace parecer ordinaria y desesperada por llamar la atención.

​La diseñadora bajó la cabeza en un silencio sepulcral, avergonzada por la escena.

​Nicole sintió cómo la sangre se le congelaba de golpe en las venas. La humillación se le clavó en la garganta como un nudo de espinas. Apretones de puños apretados hicieron que sus uñas se clavaran en las palmas de sus manos para evitar romper a llorar frente a los extraños. Sin decir una sola palabra, dio media vuelta y regresó al vestidor, tragándose las lágrimas amargas que amenazaban con desbordarse.

​Esa noche, la gala en el salón principal del hotel Grand Hyatt se convirtió en una tortura sistemática.

​Ethan la llevaba sujetada del brazo con una rigidez casi mecánica, tratándola como si fuera un abrigo pesado o un accesorio incómodo del que no podía desprenderse por protocolo. Cada vez que los socios comerciales, ministros o ejecutivos de alto nivel se acercaban a felicitarlos por el enlace, Ethan respondía con frases secas y monosílabos, interrumpiendo o pisando cualquier intento de Nicole por entablar una conversación fluida.

​A mitad de la velada, mientras Nicole sostenía una copa de champagne helado con dedos temblorosos, un accionista rival de la empresa se acercó con una sonrisa socarrona.

​—Vaya, vaya, Ethan... debo confesar que todos en el club de golf quedamos sorprendidos con tu boda repentina —dijo el hombre, mirando a Nicole con abierta condescendencia—. Todos apostábamos a que esperarías pacientemente el regreso de Chloe desde París. Tu nueva esposa es... bastante más sencilla de lo que imaginábamos.

​Nicole apretó los dientes, esperando que Ethan saliera en su defensa o al menos marcara un límite por respeto al apellido que ella llevaba. Pero Ethan simplemente tomó un trago de su whisky y respondió con absoluta indiferencia, hablando frente a Nicole como si ella fuera invisible o sorda:

​—Las necesidades y los tiempos corporativos a veces exigen sacrificios temporales, Julián. Uno tiene que aprender a trabajar con los recursos que tiene a la mano mientras las verdaderas oportunidades vuelven a consolidarse.

​Las risas disimuladas y los murmullos de los presentes cayeron sobre Nicole como una jarra de agua helada. Mantuvo la espalda erguida, la barbilla levantada y una sonrisa congelada en el rostro durante las cuatro agónicas horas que duró la recepción, sintiendo cómo cada segundo al lado del hombre que amaba terminaba por triturar los últimos fragmentos de su dignidad.

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