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Capítulo 6: No Mas , sencillamente, no mas.

 ​Pasaron seis meses.

 ​Medio año bajo el mismo techo puede parecer un suspiro para el mundo exterior, pero en las paredes de la mansión Vance se sintieron como un siglo helado. En ese tiempo, la transformación de Nicole fue absoluta e irreversible. Aquella joven dulce, atenta y desesperada por una sola mirada de afecto había muerto la noche en que Ethan pronunció el nombre de otra mujer en la intimidad. En su lugar, emergió una mujer de mármol: distante, impecable, educada y aterradoramente vacía.

 ​Nicole dejó de esperarlo para cenar, dejó de preguntarle por su día y borró cualquier intento de toque o cercanía. Cumplía con su rol de "esposa de adorno" con una precisión quirúrgica: lo acompañaba a los eventos de la alta sociedad, sonreía a las cámaras con elegancia pulcra y conversaba con los inversores con una compostura sofisticada. Pero en cuanto subían a la limusina de regreso, se colocaba sus audífonos o miraba por la ventana, ignorando la presencia de Ethan como si él fuera un mueble más del vehículo.

 ​Paradójicamente, esa indiferencia prolongada comenzó a carcomer la mente de Ethan.

 ​Durante los primeros meses, él asumió que Nicole estaba haciendo berrinche y que tarde o temprano volvería a suplicar por su atención. Sin embargo, al ver que pasaban las semanas y los meses sin que ella mostrara una sola grieta de debilidad, el ego de Ethan empezó a tambalearse. Acostumbrado a tener el control absoluto de todo y de todos, la muralla de hielo de Nicole se convirtió en su mayor irritación. Se descubría a sí mismo observándola en los banquetes corporativos, buscando desesperadamente en sus ojos un destello de la antigua devoción o incluso de rabia. Pero no había nada. Solo un abismo neutral.

 ​Una mañana de martes, la rutina de la mansión se interrumpió. Ethan había salido de prisa hacia la sede central para una reunión crucial con un fondo de inversión extranjero, dejando en su despacho privado una carpeta de cuero negro que contenía los contratos originales firmados y las auditorías confidenciales. Sin esos documentos, la firma del acuerdo millonario era imposible.

 ​Desesperado y sin tiempo para enviar a un chofer a buscar a ciegas en la casa, Ethan llamó directamente al teléfono de Nicole.

 ​—Necesito que entres a mi despacho, tomes la carpeta negra de la caja fuerte y me la traigas a la empresa de inmediato —ordenó con su habitual tono autoritario—. Mi asistente te esperará en el vestíbulo privado.

 ​—De acuerdo. Estaré allá en veinte minutos —respondió Nicole con voz plana, sin mostrar prisa ni molestia, antes de colgar sin esperar un "gracias" o un "por favor".

 ​Veinte minutos después, Nicole cruzó las puertas de cristal del rascacielos de Vance Enterprises. Vestía un traje sastre de dos piezas en tono gris marengo, ajustado a su silueta, con el cabello recogido en un moño bajo y elegante. Camina por el vestíbulo principal con el mentón en alto, despertando los murmullos de los empleados que jamás la habían visto visitar el edificio.

 ​Subió en el ascensor ejecutivo directamente al piso 50. Al salir, la secretaria de Ethan se puso de pie de inmediato para saludarla.

 ​—Señora Vance, qué gusto verla. El señor Vance está en su oficina esperándola, pase por favor.

 ​Nicole asintió con una leve inclinación de cabeza, empujó la imponente puerta doble de caoba y entró a la oficina presidencial.

 ​Ethan estaba de pie junto al enorme ventanal que dominaba la ciudad, con la corbata ligeramente desatada y una expresión de evidente tensión. Al verla entrar, un destello casi imperceptible de alivio cruzó por su rostro. Nicole caminó con paso firme y dejó la carpeta de cuero sobre el escritorio de cristal.

 ​—Aquí tienes lo que pediste. Todo está intacto —dijo con esa frialdad calibrada que llevaba meses ensayando.

 ​Ethan no tomó la carpeta de inmediato. En su lugar, rodeó el escritorio y se acercó a ella, deteniéndose a solo un par de pasos de distancia. La examinó con detenimiento, notando que el traje gris le asentaba de manera espectacular y que su mirada seguía siendo un muro impenetrable.

 ​—Gracias... por traerlo tan rápido —murmuró él, con una extraña vacilación en la voz que jamás solía mostrar—. La reunión empieza en diez minutos. Podrías... quedarte en la sala de juntas si quieres. Luego podríamos almorzar juntos. Hay un restaurante cerca que...

 ​—No, gracias —lo interrumpió Nicole sin pestañear, dando un paso atrás para mantener la distancia física—. Tengo compromisos personales que atender. Ya cumplí con lo que necesitabas. Me retiro.

 ​Ethan apretó la mandíbula, sintiendo que la ira y la frustración le quemaban el pecho. ¿Seis meses de matrimonio y su propia esposa lo trataba como a un cliente molesto? Justo cuando abría la boca para exigirle que se quedara y enfrentarla por su actitud, el sonido seco de unos tacones altos resonó con fuerza en el pasillo exterior.

 ​Sin que nadie tocara la puerta ni la secretaria tuviera tiempo de anunciarla, la puerta doble de la oficina presidencial se abrió de par en par.

 ​Una mujer despampanante, de melena rubia brillante peinada en ondas perfectas, piel bronceada por el sol europeo y vestida con un deslumbrante traje sastre de color rojo pasión, se detuvo en el umbral. A sus pies descansaban dos maletas de viaje de marcas de lujo, y en sus labios rojos llevaba dibujada una sonrisa triunfante y calculadora.

 ​Ethan se quedó helado. La pluma Montblanc de oro que sostenía en la mano resbaló de sus dedos inertes, cayendo sobre la alfombra sin hacer ruido. Sus ojos grises se abrieron de par en par, desorbitados por el impacto, y la respiración se le cortó bruscamente en la garganta.

 ​—Hola, mi amor... —dijo la mujer con una voz melodiosa y envolvente que inundó cada rincón del despacho—. Perdoname por no avisar, pero no aguanté un día más lejos. Volví por ti, Ethan.

 ​Era Chloe.

 ​El silencio que siguió fue atronador. Ethan parecía haber visto a un fantasma resucitar frente a sus ojos. Toda su compostura corporativa, su arrogancia de empresario implacable y el control que presumía tener sobre su vida se desmoronaron en un solo segundo. Estaba completamente paralizado, absorto, contemplando a la mujer que le había roto el corazón años atrás, ignorando por completo que Nicole estaba parada a menos de un metro de él.

 ​Nicole observó detenidamente la escena. Miró la entrada triunfal de la rubia en su deslumbrante vestido rojo, luego giró la vista hacia el rostro desencajado, pálido y tembloroso de su esposo.

 ​Por primera vez en seis meses, una sonrisa amarga, oscura y profundamente helada se dibujó en los labios de Nicole. El fantasma finalmente se había materializado, pero ella ya no era la chica débil que lloraba en silencio. El verdadero infierno apenas comenzaba, y esta vez, ella no pensaba quemarse sola.

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