Mundo de ficçãoIniciar sessãoAl regresar al penthouse pasadas las tres de la mañana, la atmósfera dentro del vehículo era tan cargada que amenazaba con explotar. Ethan había consumido demasiado alcohol durante la velada para tolerar las constantes preguntas incisivas de la prensa, y la mención recurrente del nombre de Chloe por parte de los socios lo había sumido en un estado de rabia contenida y oscura.
Nicole subió directamente a su habitación en el ala oeste, necesitada con urgencia de aire. Se quitó los tacones altos que le habían destrozado los pies y se despojó del vestido negro. Se puso un fino camisón de seda blanco que caía suavemente sobre su piel y se colocó frente al espejo del tocador para quitarse el maquillaje.
Estaba retirándose los pendientes cuando la puerta de su dormitorio se abrió de golpe, chocando contra la pared.
Ethan estaba de pie en el umbral. Llevaba la camisa blanca desabotonada en el cuello, la corbata desatada colgando desordenada y la mirada ardiendo en una peligrosa combinación de alcohol, frustración y deseo reprimido.
—Ethan... ¿qué haces aquí? —preguntó Nicole, dando un paso hacia atrás instintivamente, alarmada por la intensidad feroz de sus ojos.
Él no respondió. Avanzó hacia ella con pasos firmes y cerró la distancia en segundos. La acorraló contra el mueble del tocador, envolviéndola por completo en su aroma dominador de whisky, tabaco y perfume de madera.
—Dijiste en la limusina el día de la boda que querías ser una buena esposa para mí, ¿verdad? —murmuró él con la voz rasposa, sujetándole la barbilla con sus dedos largos y apretando con fuerza suficiente para obligarla a mirarlo de frente—. Vamos a ver si al menos sirves para cumplir con la única función que me interesa de ti en este momento.
Antes de que Nicole pudiera procesar sus palabras o articular una protesta, los labios de Ethan cayeron sobre los suyos en un beso hambriento, rudo y posesivo. No había una sola gota de ternura o delicadeza en el contacto, pero la arrolladora fuerza física de Ethan fue tan impactante que a Nicole se le aflojaron las rodillas. A pesar del desprecio que él le demostraba, Nicole lo amaba con una desesperación ciega. Por un segundo de pura necedad y anhelo, creyó que el alcohol finalmente había derribado las murallas de Ethan y que la pasión que estaba sintiendo era el inicio de algo real entre los dos.
Ethan la levantó de la cintura sin esfuerzo y la arrojó sobre la gran cama king size.
La seda del camisón se rasgó con un sonido seco cuando las manos de él la apartaron de su camino. El contacto de la piel helada de Nicole con el cuerpo ardiente de Ethan desató un fuego desenfrenado en la penumbra de la habitación. Él la tomó con una fuerza dominante y desenfrenada, haciéndola suya con una pasión destructiva que le arrancaba gemidos ahogados a ella. Nicole rodeó con sus brazos los hombros anchos de Ethan, aferrándose a su espalda, entregándose por completo y cerrando los ojos para perderse en la hermosa ilusión de que esa noche le pertenecía únicamente a ella.
El ritmo de sus cuerpos se volvió cada vez más intenso y frenético. Ethan le sujetó las muñecas con una sola mano, clavándolas con firmeza por encima de su cabeza contra la madera de la cabecera, mientras su respiración agitada y caliente le rozaba la curva del cuello.
En el clímax absoluto de la pasión, cuando la ola de placer amenazaba con cegarlos a ambos y romper la tensión del ambiente, Ethan se inclinó hacia su oído y, con la voz rota por el éxtasis y la entrega, susurró al aire:
—Chloe... por fin regresaste a mí... oh, Dios, Chloe... mi amor...
El universo de Nicole se detuvo de golpe.
La sangre se le congeló instantáneamente en las venas. Un escalofrío mortal le recorrió la columna vertebral de arriba abajo. El placer arrollador que sentía se transformó de inmediato en una puñalada devastadora y mortal directamente en el centro de su alma.
Ethan alcanzó su propio clímax y se dejó caer a un lado de la cama, agitado y respirando con dificultad, con los ojos cerrados. Nicole se quedó completamente inmóvil, mirando al techo en la penumbra, mientras las lágrimas heladas comenzaban a brotar descontroladamente de sus ojos, rodando en silencio por sus mejillas hasta mojar la almohada.
Él no la había poseído a ella. No había estado tocando a su esposa. Durante todo ese tiempo de desenfreno y entrega, él había estado haciendo el amor con un fantasma.







