Capítulo 95. Una visita inesperada.
Lisandro no bajó el arma, su mirada fría y determinada.
—No me subestimes, madre. Ya no soy el niño que podías manipular a tu antojo y tampoco el hijo que te admiraba, porque ahora sé la clase de persona que eres, así que baja el arma. ¡Ahora!
Carolina, parada junto a Lisandro, observaba la escena con horror. Sus ojos iban de Genoveva a Leandro, quien yacía herido en el suelo, la sangre empapando su camisa.
—Por favor, —suplicó Carolina—, ya basta de violencia. Piensa en los niños, Genoveva. ¿E