—Humanos estúpidos.
La turba con antorchas se detuvo cuando él desplegó las alas para que vieran que sus conjeturas eran ciertas. Tenían un demonio en el pueblo.
—No quiero hacerles daño —hablo con delicadeza—, pero si siguen queriéndome molestar, no me quedará otra alternativa.
—Abandona este pueblo demonio —el sacerdote del pueblo habló siendo resguardado por algunos campesinos—, abandona esta tierra de dios.
—¿Tierra de dios? —él soltó un resoplido burlón—, esta es tierra del estiércol y la