CAPÍTULO 31. ENTRE BROMA Y BROMA
Camila yacía dormida entre la tibieza del cuerpo de él, la tenue luz de la luna, alumbraba lo suficiente para que William, pasara largo rato observando sus delicadas facciones, y disfrutara de la cercanía de su piel.
Acercó sus labios con mucho cuidado y besó la punta de su nariz, cada que emitía un respiró, se le colaba su dulce aroma de flores de cerezo, haciendo que se llenara de una gran vitalidad, que hacía mucho tiempo no tenía.
—Eres mía —susurró—, completamente mía. —Acercó su rostro a