CAPÍTULO 230 — Confesiones, diamantes y cajas vacías
Ambas mujeres estaban sentadas frente a frente, fingiendo revisar una lista de invitados VIP, pero sus ojos brillaban con secretos mal guardados. Cada tanto, una soltaba una risita nerviosa o se mordía el labio para contener una sonrisa.
Fátima dejó caer el bolígrafo sobre la mesa y se recostó en su silla, cruzando los brazos.
— Bueno, basta —dijo, mirando a su amiga con los ojos entrecerrados—. No podemos seguir así. Me estás poniendo nerviosa, Isabella. Tienes esa cara de saber algo que tú no sabes desde que llegaste.
Isabella levantó la vista de la lista, haciéndose la inocente, aunque la sonrisa se le escapaba por las comisuras de la boca.
— ¿Yo? Tú eres la que no deja de mirarse la mano izquierda, Fátima. La tienes escondida debajo de la mesa como si hubieras robado algo.
Fátima se sonrojó, pero no sacó la mano.
— Es que… tú también te traes algo, querida. Te conozco. Tienes ese brillo. Y no es el iluminador nuevo.
Isabella sus