CAPÍTULO 177 — Un café, un tropiezo y una sonrisa
Desde que Fátima se enteró de que Isabella llevaba una vida creciendo en su interior, su instinto maternal —o más bien, de "tía leona"— se había activado. Prácticamente había mudado su oficina a la de Isabella. Había arrastrado su silla ergonómica, su portátil y una pila de carpetas de producción para instalarse al otro lado del escritorio de cristal.
— No te voy a dejar sola ni un segundo —había sentenciado esa mañana—. Si te mareas, si te da h