Alejandro
Aparqué rápido al ver su coche en la plaza del edificio.
Isabela ya había llegado.
Las últimas semanas fueron un infierno autoimpuesto. Canalice mis ganas de ella, en la cacería. Los informes de mi detective personal y mis propios contactos se acumularon rápidamente, revelando una podredumbre que superó mis peores prejuicios. Me sentía impulsivo, imprudente, todo mi instinto gritaba, no podía esperar.
Tomé el sobre de manila que llevaba conmigo.
Subí el ascensor. El trayecto al piso