La paciencia nunca ha sido una de mis virtudes.
Me consideraba un hombre de acción, acostumbrado a resolver lo que otros dejaban pendiente, a romper puertas si la ley lo permitía. Pero en los últimos tres días, había estado forzado a la pasividad, y mi instinto de cazador se estaba volviendo loco.
Mi mente giraba en un ciclo destructivo, imaginando los peores escenarios: que él la había manipulado para que se quedara, que ella lo había perdonado, o peor, que se había arrepentido de todo lo nues