La sala de emergencias estaba extrañamente tranquila para ser media mañana.
Solo algunos pacientes con heridas menores, una señora con hipertensión y un niño que insistía en que su dedo roto “no dolía tanto” mientras lloraba como si le hubieran amputado la mano.
Agradecía el caos moderado.
Me mantenía ocupada.
Y ocupada significaba no pensar.
No pensar en Luca, en sus manos, sus ojos tan oscuros y brillantes que podían hacerme perder por completo en su mirada, y sus labios tan cerca de los