Cuando se llega al final de la vida nos damos cuenta de lo corta que es y de lo inexorable de la llegada de la muerte. Es en ese momento, cuando estamos al final de nuestros días en la tierra cunado comprendemos que no somos más que un montón de decisiones.
Todo lo vivido, todo lo llorado, todo lo reído, todo lo corrido y todo lo esperado, no son más que el cúmulo de las decisiones que tomamos. Cada una de ellas nos abre el abanico de infinitas posibilidades, y también deja de lado otras infini