Cuando Alondra lo vio entrar en la sala de visitas, sus ojos, hundidos y enrojecidos, se llenaron de una súplica desesperada.
Con un quejido ahogado, se arrastró por el suelo hasta quedar frente a él. Sus manos temblorosas se aferraron al bajo de su pantalón.
—¡Hermes! —sollozó—. ¡Hermes, viniste! Por favor… ten piedad. No puedo más, ¡te lo suplico! Me torturan, todos los días… me insultan, me golpean, me humillan. No soy más que un despojo… ¡Sálvame! —Sus uñas arañaban el suelo mientras se incl