Quince días después.
El sol brillaba tenuemente sobre la entrada de la casa, como si supiera que algo sagrado estaba ocurriendo puertas adentro.
El auto se detuvo despacio frente al jardín, y Hermes bajó con cuidado a Hernán en brazos.
El niño, más delgado, con el rostro pálido y la cabeza vendada, sostenía la mano de su madre con fuerza. A pesar de todo, sus ojos brillaban con una energía distinta. Había sobrevivido.
Había vencido la sombra que lo había llevado al borde.
Darina descendió junto