Darina lanzó un grito ahogado, un grito que pareció atravesar la fría sala, mientras el hombre la soltaba, intentando tapar su boca.
El pánico la invadió con tal fuerza que, en un último acto de desesperación, le dio un golpe directo al estómago.
El hombre soltó un quejido de dolor y se apartó, pero Darina no esperaba nada.
Corrió, sin mirar atrás, sus pasos retumbaban en el pasillo vacío mientras sentía como si el suelo se desmoronara bajo sus pies.
No podía detenerse, no podía, lo único que le