—¡No, esto no es cierto! —exclamó Fedora, la voz quebrada, como si su garganta estuviera a punto de cerrarse—. ¡Revise bien, doctor! ¿Es acaso una maldita broma? ¿Me están haciendo esto para divertirse?
El doctor, con un gesto sombrío, negó con la cabeza. Sus ojos reflejaban tristeza, pero no podía suavizar la crudeza de la noticia.
—Lo siento mucho, señorita, no es una broma —dijo con voz contenida, intentando mantener la calma mientras veía cómo la paciente comenzaba a desmoronarse.
Fedora no