—¡Nunca! —gritó Alexis, la voz quebrada y los ojos llenos de rabia y desesperación—. Nunca te daré el divorcio, Sienna. ¡Tú eres mía! —sus palabras retumbaban en el pasillo del hospital, cargadas de un dolor que parecía arrancarle el alma—. Y me amas a mí, aunque no recuerdes nada. Soy tu amor, y tú eres mi amor. No voy a permitir que te quedes con este mal hombre. No voy a dejarlo, no mientras respire.
Gustavo avanzó un paso, su mirada fija, desafiante, buscando dominar la situación. Pero Sienn