Aurora se había quedado dormida, dormida de verdad.
Cuando los brazos de Franco se enredaron en su cuerpo para tranquilizarla un poco, todo se volvió una oscuridad cómoda, y ahí durmió, sin sueños y sin pesadillas hasta que llegó la mañana y despertó entre las sábanas rojizas de la cama del mafioso.
Miró su celular, eran las once de la mañana y cayó sentada en la cama.
Nunca se había levantado tan tarde, aunque era claro que se había acostado igual de tarde.
Su celular tenía un millón de notifi