Punto de vista de Elena
Después de ese primer encuentro, el tiempo dejó de comportarse normalmente. Los días no pasaban —brillaban. Como si alguien hubiera subido el termostato de mi vida y hubiera roto el dial de un golpe.
Cada mañana, como un reloj, Ethan aparecía en la puerta de mi oficina con café. Negro. Sin azúcar. Exactamente como me gustaba. Y siempre esa sonrisa —fácil, cálida, peligrosa.
—Buenos días, Elena —decía, voz baja y suave, como si supiera cosas de mí.
Tomaba la taza, a