El cielo se oscurece cuando Claudia Mendoza entra en la oficina.
La veo desde mi escritorio, su figura elegante moviéndose con la seguridad de quien pertenece aquí, de quien le pertenece a él de una manera que yo nunca podré. Cada paso que da es una afirmación silenciosa de su lugar en la vida de Jesús, en su mundo. Lleva ese anillo como si fuera parte de su piel, como si nunca hubiera dudado, nunca hubiera tenido que luchar por su atención.
Jesús sale de su oficina al escuchar su nombre, y