p
—¡Por Dios, Mía! ¿Dónde demonios estás? Llevo más de una hora esperando como una estúpida a que pases por mí —masculla mi amiga incondicional a través del auricular, con un tono de voz tan afilado que podría cortar el cristal. Su frustración es palpable y casi puedo sentir la vibración de su furia al otro lado de la línea.
—Lo siento muchísimo, Cesia. Sucedieron un par de imprevistos de última hora en la oficina y, sin darme cuenta, ya era tardísimo —miento descaradamente, tratando de suavizar