Era temprano por la mañana y cierta madre e hija ya se enfrentaban.
-Mirabel, tienes veintisiete años -empezó Mina-. Ya no eres una niña. ¿No estás cansada de estar sola? A este paso, estoy segura de que sigues siendo virgen.
Mirabel soltó una risa seca.
-¿En serio, madre? ¿Eso es lo que te preocupa ahora?
Negó con la cabeza, incrédula.
-He pasado toda mi vida matándome a trabajar por Jacob y Susan. Pero mírate tú. Ni una sola contribución. Ni un centavo. Honestamente, debería desheredarte.
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