CAPÍTULO OCHO

El bosque estaba en silencio cuando todo terminó.

Los espíritus rebeldes yacían esparcidos como niebla rota, sus cuerpos ahumados disolviéndose en el aire. El suelo estaba marcado, los árboles desgarrados y ennegrecidos por el poder de Kael.

Yo permanecía donde él me había dejado—descalza, temblando.

Kael estaba de rodillas en el centro, su pecho subiendo y bajando en respiraciones duras e irregulares. Parecía un monstruo: los colmillos visibles, los ojos de un rojo fundido. Sus garras goteaban algo más oscuro que la sangre.

Cuando di un paso adelante, el mundo se inclinó. Por un segundo creí que las sombras aún se movían, pero no—ya no eran espíritus. Eran suyas. Su aura—densa y viva—se enroscaba a su alrededor como una segunda piel.

—Kael… —susurré.

Levantó la mirada, y por primera vez desde que lo conocí, vi dolor en sus ojos. No ira. No orgullo. Dolor.

Un hilo de sangre negra caía de su costado, manchando el suelo bajo él. Corrí hacia él, ignorando el instinto que me gritaba que m
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