CAPÍTULO OCHO

El bosque estaba en silencio cuando todo terminó.

Los espíritus rebeldes yacían esparcidos como niebla rota, sus cuerpos ahumados disolviéndose en el aire. El suelo estaba marcado, los árboles desgarrados y ennegrecidos por el poder de Kael.

Yo permanecía donde él me había dejado—descalza, temblando.

Kael estaba de rodillas en el centro, su pecho subiendo y bajando en respiraciones duras e irregulares. Parecía un monstruo: los colmillos visibles, los ojos de un rojo fundido. Sus garras goteaban
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