Capítulo 167.
Edwin y yo nos quedamos mirando fijamente al rey sobre mis piernas.
La silla de la Luna era grande y bastante cómoda, así que, por algún milagro, había logrado acomodar allí todo su enorme cuerpo.
Durante unos segundos ninguno de los dos dijo una sola palabra.
Entonces lo sentí suspirar.
Fue un suspiro largo, profundo, como el de alguien que llevaba demasiado tiempo sin descansar de verdad. Poco después su respiración comenzó a hacerse más lenta y regular.
Parpadeé.
Quién lo diría.