Scarlett Ashford
Despertarme fue como resucitar de entre los muertos, pero sin la paz que suele prometer la muerte. Lo primero que sentí fue un dolor sordo y punzante que me recorría desde la cadera hasta el tobillo. Mi pierna izquierda estaba rígida y pesada, como si los músculos se hubieran convertido en plomo durante la noche. Intenté moverme, darme la vuelta, pero el movimiento me provocó un agudo dolor que me recorrió la columna vertebral y me arrancó un grito ahogado de mi garganta seca.
Me quedé tumbada un momento, escuchando el silencio de la mañana. El sol se colaba a través de las pesadas cortinas, pintando rayas de luz sobre el edredón. Todo parecía tan tranquilo, tan normal.
Unos murmullos bajos y enfadados llegaban desde el pasillo.
Se me revolvió el estómago. Reconocí el timbre inmediatamente. Uno era grave y controlado; el otro era áspero y estaba impregnado de veneno.
Aparté las sábanas, siseando entre dientes cuando la tela rozó las marcas de mis piernas. Balanceé la