Scarlett Ashford
El salón de baile del Grand Plaza Hotel parecía el interior de un brillante joyero. Enormes candelabros de cristal colgaban de los techos abovedados, proyectando una cálida luz dorada sobre los cientos de personas reunidas debajo. Los camareros, vestidos con esmoquin blancos, se deslizaban entre la multitud, llevando bandejas de plata cargadas con champán caro y pequeños y elaborados aperitivos.
La sala vibraba con el sonido de un cuarteto de cuerda que tocaba suavemente en un