Alaric observó cómo aterrizaban los guerreros angelicales. Cerró los ojos y, al hacerlo, escamas doradas comenzaron a cubrir su cuerpo. Al abrir los ojos, los dioses habían aparecido; eran siete. Al igual que hacía diez mil años, la diosa del amor había desaparecido.
“Cuánto tiempo sin verte, matadioses”, dijo Ramiel.
“Ramiel, dios del trueno, nos volvemos a encontrar. Una vez más en el campo de batalla”, dijo Alaric.
“¿Tendiste una trampa? ¿Por qué nos atrajiste a esta vasta tierra desierta?”