87.
AURORA
Kayne se tensó al verlos; su mirada buscó la mía a pesar de que yo solo podía ver lo que ahora eran esos hombres.
El primero apenas se reconocía; su piel estaba tan lacerada que todo lo que podía ver era la sangre seca, capa tras capa.
Sus vestiduras rotas manchaban el suelo de sangre fresca de alguna herida que no se veía. Lo dejan a mitad de la sala, escuchando el quejido de dolor que apenas sale de sus labios.
—¡¿Quién demonios dio autorización para que entraran?!— rugió Kayne con